
Encontrar al señor Richter media hora más tarde fue fácil. El entusiasmo de Violeta la llevó hasta él.
«Cuando se cerró el molino, puse en arriendo sus casas. Mi abuelo dividió la suya hace muchos años, para vivir ahí él y la familia del molinero. También construyó bajo los castaños una choza para almacenar el trigo; yo la convertí en esa cabaña. En ella veranea mi hija casada, no cabe aquí con los nietos. Y si usted camina un poco más lejos, unos pasos más allá de la casa del castaño, verá la mediagua de unos campesinos. Ahí viven Aguayito y la María. Tienen un huerto, abastecen de verduras a los arrendatarios, hacen el pan, ordeñan las vacas, ahúman el salmón. Y tienen un hijo, un cabro muy habiloso que lo resuelve todo: corta la leña, arregla los enchufes, acarrea los balones de gas al pueblo, todo lo que necesiten los de la casa grande.»
Esto fue en noviembre de aquel año, y Violeta abandonó el lugar tras dejar ambas casas arrendadas para el primero de febrero.
«Nunca le contarás a nadie que estuviste aquí», le dijo a su acompañante, único testigo.
– Más pareces una hija del rigor que una veraneante -fue el comentario de Eduardo cuando llegó por primera vez a nuestro santuario-. Sólo Violeta podía elegir como balneario lo que parece la más furiosa costa irlandesa -agregó, mirándome a mí.
– La hija de Ryan… -acoté.
– Nadie les va a disputar este lugar, no necesitan mantenerlo secreto -nos envolvió a ambas con sus brazos-. Nadie en su sano juicio querría vivir en medio del viento.
Violeta, sorprendida, meditó unos instantes y luego rió.
– ¡Qué raro! Nunca me había dado cuenta de que aquí el viento es permanente. Lo he incorporado como parte del lugar y no se me había ocurrido que existieran lugares sin viento.
– Tranquilízate, es por eso que los ricachones nunca llegarán aquí: este viento impide cualquier deporte acuático. No tienes para qué esconder tanto el lugar, Violeta -insistió Eduardo.
