
Se bajó del auto. Corrió hacia la arena y se hincó en ella. La geografía abrigaba esta bahía cerrada y apacible con sus dos puntillas, que penetraban en el lago creando un vasto espacio de agua quieta. Es un lugar propio, pensó Violeta hechizada, y es la bahía la que da la sensación de espacio propio. Contempló el silencio. Se dijo por fin que éste era un pequeño mundo, separado del resto del mundo grande. Las colinas que lo rodeaban, con sus árboles altos y añosos, afianzaban la sensación de una comarca en miniatura.
Divisó a través de los pinos los restos de un molino. Y a su lado, una casa. La típica casa del sur, con tejuelas de alerce, dos pisos, madera gris que alguna vez fue color caramelo oscuro. Parecía abandonada a su suerte. En la reja había una tabla de pino, cepillada y angosta, con un letrero: Casa del Molino. Avanzó hacia la amplia entrada, con sus clásicos escalones y su descanso de tablas sujeto por cuatro vigas, y encontró la puerta. Pero eran dos puertas, no una. Golpeó en ambas a la vez, intuyendo el silencio que efectivamente le respondió.
Bajó los escalones y se internó por una senda angosta, cerrada por grandes castaños, y se topó a boca de jarro con una segunda casa, una cabaña. Cuando se acercó a tocarla, como si fuera la de un leñador en los cuentos de la infancia, reparó en otro pequeño cartel de madera: Casa del Castaño. ¿Por qué estaban nombradas? ¿Para quién?
