Yo tenía una tarea.


Tomé las llaves del auto y partí.

– Va a estar toda la prensa, Josefa. ¡No lo hagas! -Andrés no disimulaba su preocupación.

– No tengo alternativa.

– Entonces voy yo.

– No, éste es un asunto mío con Violeta.

A medida que avanzaba hacia el barrio de Ñuñoa, un escalofrío se iba deslizando por mi cuerpo. Al enfilar por la calle Gerona para estacionar frente a la casa de Violeta, vi a dos policías resguardando la puerta de entrada. Efectivamente, toda la prensa estaba allí, al acecho. Reconocerme pareció darles nuevos bríos, y como una avalancha se lanzaron sobre mí. Los dos policías salieron en mi defensa. Uno me tomó del brazo.

– ¡Pero si es usted! ¿Y qué viene a hacer aquí?

– Quiero entrar, tengo que hablar con su hija.

– La casa está vacía. A la niña se la llevaron.

– Por favor, déjeme entrar. Soy amiga de la familia. Necesito sacar algo -el carabinero me miró perplejo-. Son cosas mías, las dejé aquí hace unos días y no quiero que vayan a parar a manos ajenas… -mientras yo bajaba el tono, la perplejidad crecía en su mirada-. Sea bueno…

No me cupo duda de que su deseo era franquearme la entrada, pero le complicaba hacerlo. Miró a su compañero. Este mantenía a raya a los periodistas, que no se daban por vencidos y trataban -a gritos- de hacerme preguntas.

– Venga usted conmigo -le propuse-, así podrá comprobar que no tengo malas intenciones.

– No es eso, señora. Vamos, por ser usted… La acompaño.

Avancé, sintiendo los pasos del carabinero a mis espaldas e intuyendo su curiosidad: casi podría haberla tocado. Ya en el interior de ese largo y oscuro corredor ñuñoíno -todas las persianas cerradas-, me dirigí sin titubear al fondo, a la galería. El sol de la mañana entraba sin pedir permiso por los miles de pequeños vidrios del ventanal. Detrás de ellos, el nostálgico patio solo. Me sobresalté, como si Violeta estuviera esperándome sentada en el floreado sillón de lino. En el aire, algo de sus inciensos, de sus velas perfumadas. Es que Violeta y esa galería eran la misma cosa, una le traspasaba su sentido a la otra, asimilándose, fundiéndose. Pero, por cierto, ella no estaba.



2 из 262