
En el costado derecho, apoyado contra el grueso muro verde, reposaba el baúl. La caja rectangular, de mimbre barnizado entre castaño y amarillo, hacía frente a los mil vidrios y me aguardaba. «Mi abuela Carlota lo salvó del terremoto de Chillán», me había contado muchas veces Violeta, como si yo no lo supiera. Lo abrí con prisa -nunca funcionó su llave- y hurgué en aquel orden desordenado: libros, libretas, blocks, impresos, dibujos. Mi mente trabajaba: dónde están, no puedo registrarlo todo, se supone que son míos, que debo saber… Los vi, eran varios cuadernos desiguales, atados con un simple cordón. Y sobre ellos, un gran cuaderno empastado en cuero marrón. Si no se lo hubiese regalado yo misma, difícilmente habría podido reconocerlo. Lo tomé resuelta y el carabinero pareció aliviado.
– ¿Eso es todo?
Vacilé. ¿Y los otros, los que estaban amarrados? Un solo cuaderno en mis manos parecía inofensivo, creíble, un objeto que yo misma hubiese olvidado. Pero, ¿todos los demás? No tenía corazón para dejarlos allí. Se lo debo a Violeta, me dictó la culpa, envalentonándome. Los tomé.
– Esto es todo -lo miré, asertiva, mientras trataba de amoldar todo aquel bulto dentro de mi bolso.
– Señora… -titubeaba el pobre, su mirada oscura yendo del bolso a mis ojos, de mis ojos al bolso. Entonces hice algo impropio de mi carácter: le ofrecí un autógrafo. Aquella mirada oscilante se iluminó.
Avancé hasta el escritorio de Violeta. Por principio, ella siempre tenía papel fresco a la mano. Al lado de la resma descansaba un libro abierto en la página 90. Luego de preguntarle al policía por su nombre de pila, le dediqué un largo y cariñoso saludo.
Mi salida fue triunfal. (Pobre Andrés, ¿cómo explicarle que él no lo habría conseguido?) Tan concentrada había estado en mi tarea, que había olvidado a la prensa. Me dio una rabia tremenda cuando, al cruzar el portón, sentí el calor de los focos en la cara: la televisión había llegado. Le pedí sin vacilar al carabinero, con su autógrafo en el bolsillo, que me escoltara hasta el auto: yo no tenía nada que declarar.
