A las tres cuadras mi aparente prestancia se derrumbó. Es que al acercarme al escritorio de Violeta había leído la página 90 de ese libro abierto. No pude dejar de hacerlo. Supongo que fue lo último que Violeta leyó. Aquellos dos párrafos, subrayados con línea insegura y en tinta café, me sobrecogieron.

La página era «Poem of Women», de Adrienne Rich. Ay, Violeta, no fue mi deseo afanarme en el desencuentro. No, créeme que no elegí ser esa testigo desatenta de lo que te estaba pasando.

Puedo reproducir lo subrayado, me lo sé de memoria:


And all the limbs of a woman plead for the ache

of birth.

And women come down to lie like sick sheep

by the wells -to heal their bodies,

their faces blackened with your long thirst for a

child's cry


and pregnant women approach the white tables

of the hospital

with quiet steps

and smile at the unborn child

and perhaps at death.


Violeta, dime que tu sonrisa fue para el niño no-nacido, pero no me lo digas si fue para la muerte.


Es que durante el sueño había vuelto a mí una imagen olvidada. Esta imagen estableció, en ese difícil momento del despertar, una relación entre el presente y la víspera. Andrés apareció con el diario. Comencé a adaptarme a esta nueva realidad cuando sentí la puntada en la sien, no antes.

Una imagen de la infancia.

Violeta llegando a mi casa con una caja de cartón en las manos. Era bastante grande y el leve temblor de su cuerpo delataba el esfuerzo que había hecho para sostenerla, cuidadosamente, durante el recorrido en micro de su casa a la mía.



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