Los pistachos y los cuadernos: fácil Violeta para regalar. No me exigía concentración.

Los acumulaba. Su letra era muy grande, bonita, desordenada y generosa. Los consumía rápido, más aun si llegaban a sus manos en algún momento de crisis. Me atrevería a afirmar que durante su matrimonio con Eduardo llenó más cuadernos que en el resto de su vida.

Logré salvarlos. No resistí la idea de ver su intimidad en manos de la prensa o la policía, cuál de ambas más despiadada. Es que fue tan casual ese día, hace un par de meses… Estábamos en la galería -nunca se estaba en otro lugar con Violeta, dentro de su casa- y ella interrumpió la conversación al mirar hacia el baúl de mimbre, como si recordara algo que temía olvidar pronto:

– Sabes, ya no retengo nada. No sé qué le pasa a mi pobre cabeza, el día que estalle encontrarán adentro miles de cuadraditos con anotaciones de todo lo que no debía olvidar, las mil estupideces diarias. Para eso solamente parece estar la cabeza, o al menos la mía… y detrás de los cuadraditos aparecerá un polvo negro que será la medida del esfuerzo que he hecho por acordarme de cada una de esas cosas. Y créeme que habrá más polvo que cuadrados…

– ¿Y qué es lo que no tienes que olvidar de ese baúl?

– Ah, sí. Eso… si me pasa algo, Josefa, imagínate que me muero sin aviso, un ataque en plena calle, cualquier cosa: mis diarios están en el baúl. Por favor, haz algo con ellos, protégelos.

Me reí.

– ¿Para qué los escribes, entonces? -Porque no puedo dejar de hacerlo, es mi único orden posible. ¿Me lo prometes?

– Sí, te lo prometo.



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