
– Ya, despachado: una variable menos. Tantas veces me he dicho: tengo que pedirle a Josefa… Luego te veo y se me olvida. ¿En qué estábamos? Ah, en la Pamela. Sigue contándome.
No necesité mirar los diarios a la mañana siguiente: las llamadas telefónicas de innumerables periodistas me lo hicieron suponer. Era mi fotografía esta vez, entrando en la casa de Violeta, y la prensa haciendo conjeturas sobre nuestra relación.
¿Qué hacía yo ahí? Esa era la gran pregunta.
Nada que responder. No acepté que me pasaran ni un solo llamado. Si en tiempos normales no los tolero, mucho menos ese día. Me encerré en el estudio. Ni a los niños les abrí la puerta.
Le pedí a Andrés que llegara temprano y se hiciera cargo… La casa entera vibra, convulsionada. Estamos todos igualmente inquietos. Hago esfuerzos por disimular. Tengo que acomodar un lugar para Jacinta entre nosotros. Me sorprende cómo se repite la historia: mi mamá trajo a Violeta a nuestra casa cuando éramos niñas. Bueno, las circunstancias eran distintas, aunque no debo suponer que el abandono en que se debate ahora Jacinta sea mayor que el de Violeta en esa época.
Tarde o temprano tendré que declarar.
¿De qué hablaré? ¿De la infancia? ¿Del colegio? ¿De los anteojos celestes con marco de carey, alargados en sus puntas? No, no basta. Voy a tener que hablar sobre la fiesta de disfraces, sobre el atraso de Violeta esa noche, cuando mi maquillador la convirtió en ese precioso payaso de cara fucsia. Y sobre el gin. También sobre su temor: Josefa, avísale tú, me atrasé tanto, Eduardo se va a enojar.
Pero no basta. La única defensa posible sería hablar sobre el último bosque, el lugar aquél para guarecerse, el sueño de Violeta. Y sobre la casa del molino. Sí, es lo único de lo que debo hablar.
Contar la historia de una mujer.
Una mujer es la historia de sus actos y pensamientos, de sus células y neuronas, de sus heridas y entusiasmos, de sus amores y desamores.
