
– Delio, Delio. ¡No puede ser que creas que Herodes sea leal! -El rostro un tanto de fauno mostró una sonrisa traviesa.
– Del todo, cuando es por su interés. Dado que sabe que las personas a las que quiere gobernar lo odian tanto como para matarlo a la más mínima oportunidad, Roma siempre servirá a sus intereses mejor que ellos. Mientras Roma sea su aliada está a salvo de todo excepto del veneno o de una emboscada, y me niego a creer que vaya a comer o a beber cualquier cosa que no haya sido probada a fondo o viajar al extranjero sin una escolta de hombres no judíos a los que paga extremadamente bien.
– ¡Gracias, Delio!
Poplicola se interpuso entre ellos. -Problema solucionado, ¿eh, Antonio? -Con un poco de ayuda de Delio sí. ¡Mayordomo, despeja la habitación! -gritó Antonio-. ¿Dónde está Lucilio? ¡Necesito a Lucilio!
A la mañana siguiente, los cinco miembros del Sanedrín judío estaban los primeros en la lista de peticionarios que llamó el heraldo. Antonio vestía su toga con ribete púrpura y llevaba el sencillo bastón de marfil de su alto imperio; tenía una figura imponente. Detrás estaba su amado secretario, Lucilio, que había pertenecido a Bruto. Doce lictores de rojo estaban a cada lado de su silla curul de marfil, las fasces con hachas equilibradas entre sus pies. Una tarima los alzaba por encima de la multitud que ocupaba el suelo.
El líder del Sanedrín comenzó a discursear en buen griego, pero con un estilo tan rimbombante y retorcido que le llevó muchísimo tiempo decir quiénes eran los cinco y por qué habían sido enviados tan lejos para ver al triunviro Marco Antonio.
– ¡Oh, cállate! -gritó Antonio sin aviso-. ¡Cállate y vete a casa! -Cogió un pergamino de Lucilio, lo desenrolló y lo agitó violentamente-. Este documento fue encontrado entre los papeles de Cayo Casio después de Filipos.
