
«Había olvidado -pensó el atento Delio- lo cáustico que podía ser. Está utilizando a los judíos para informarles a todos de que no tendrá piedad.»
Antonio volvió al tema.
– En nombre del Senado y el pueblo de Roma, aquí y ahora ordeno que Herodes, su hermano Fasael y toda su familia son libres para vivir en cualquier parte de tierra romana incluida Judea. No puedo impedir que Hircano se titule a sí mismo rey entre su pueblo, pero a los ojos de Roma no es más ni menos que un etnarca. Judea ya no es más una única tierra. Son cinco pequeñas regiones salpicadas alrededor del sur de Siria y cinco pequeñas regiones continuarán siendo. Hircano puede tener Jerusalén, Gazara y Jericó. Fasael, el hijo de Antípater, será el tetrarca de Sepfora. Herodes, el hijo de Antípater, será el tetrarca de Amatunte. Quedáis advertidos. Si hay cualquier problema en el sur de Siria, aplastaré a los judíos como cáscaras de huevo.
«¡Lo logré, lo logré! -gritó Delio para sus adentros, feliz a más no poder-. ¡Antonio me ha escuchado!»
Herodes estaba junto a la fuente, pero su rostro tenso y blanco no reflejaba la alegría que Delio había esperado ver. ¿Qué había pasado? ¿Cuál podía ser el problema? Había venido como un pobre sin estado, y se marcharía como un tetrarca.
