
– ¿No estás complacido? -preguntó Delio-. Has ganado sin siquiera tener que presentar tu alegato, Herodes.
– ¿Por qué Antonio ha tenido que elevar también a mi hermano? -preguntó Herodes con voz áspera, aunque le hablaba a alguien que no estaba allí-. ¡Nos ha puesto en el mismo nivel! ¡Cómo podré casarme con Mariamne cuando Fasael no sólo es mi igual en rango, sino también mi hermano mayor! ¡Es Fasael quien se casará con ella!
– Venga, venga -dijo Delio amablemente-. Todo eso está en el futuro, Herodes. Por el momento, acepta el juicio de Antonio como lo máximo que esperabas ganar. Acaba de ponerse de tu lado; las cinco urracas acaban de ver cómo les cortaban las alas.
– Sí, ya veo todo eso, Delio, pero este Marco Antonio es astuto. Desea lo que todos los romanos con visión quieren: equilibrio. Ponerme en un plano de igualdad con Hircano no es una respuesta romana suficiente. Fasael y yo en un platillo, Hircano en el otro. ¡Oh, Marco Antonio, eres inteligente! César era un genio, pero se suponía que tú eras un tonto. Ahora he encontrado un nuevo César.
Delio miró a Herodes, que se marchaba, con su mente funcionando a toda marcha. «Entre su breve conversación durante la cena y la audiencia de hoy, Marco Antonio había hecho algunas averiguaciones. ¡Por eso había llamado a Lucilio! ¡Qué mentirosos eran Octavio y él! Habían quemado todos los documentos de Bruto y Casio. Pero, como Herodes, tomé a Antonio por un tonto educado. ¡No lo es, no lo es! -pensó Delio, asombrado-. Era astuto e inteligente. Meterá las manos en todo lo que encuentre en Oriente, elevará a este hombre, bajará a aquel otro, hasta que los reinos y las satrapías clientes sean absolutamente suyos. No de Roma. Suyos. Ha enviado a Octavio de regreso a Italia con una tarea tan difícil que acabará con un joven tan débil y enfermizo, pero por si acaso Octavio no se rompe, Antonio estará preparado.
