
¡Oh, aire, aire! ¡Necesitaba aire fresco!
El palacio estaba construido alrededor de un enorme jardín que tenía una fuente en el centro con una larga piscina poco profunda en diagonal, hecha del mármol de Paros más blanco con temas marinos -sirenas, tritones y delfines-, y era curioso que nunca hubiese sido pintada para imitar los colores de la vida real. Aquel que había esculpido sus gloriosas criaturas había sido un maestro. Amante de las bellas artes, Delio fue hacia la fuente con tanta rapidez que no advirtió que alguien se le había adelantado, y que ahora estaba sentado y acurrucado en su ancho borde. Mientras Delio se acercaba, el hombre levantó la cabeza; por consiguiente, era imposible evitar el encuentro.
Era extranjero y, por ende, noble, porque vestía una cara túnica de brocado de púrpura tiria artísticamente entretejida con hilo de oro, y sobre la cabeza con grasientos rizos negros que parecían serpientes llevaba un casquete hecho con tela de oro. Delio había visto a suficientes asiáticos como para saber que los rizos no estaban sucios con grasa; los orientales se untaban los rizos con cremas perfumadas. La mayoría de los suplicantes reales en el interior eran griegos cuyos antepasados habían vivido en el este durante siglos, pero aquel hombre era un auténtico asiático con clase. Así lo reconoció Delio porque había muchos como él viviendo en Roma. ¡Oh, no vestidos con púrpura tiria y oro! Hombres sobrios que preferían las telas caseras de colores oscuros. Incluso así, el aspecto era inconfundible; el que estaba sentado en el borde de la fuente era judío.
