
– ¿Puedo unirme a ti? -preguntó Delio en griego con una agradable sonrisa.
El rostro carnoso del extraño mostró también una sonrisa encantadora, además, hizo un gesto con una mano con una manicura perfecta cubierta de anillos.
– Por favor. Soy Herodes de Judea.
– Yo soy Quinto Delio, legado romano.
– No podía soportar la multitud adentro -explicó Herodes, con los gruesos labios hundidos en las comisuras-. Es un asco. Algunos de esos tipos no se han bañado desde que las comadronas los limpiaron con un trapo sucio.
– Has dicho Herodes. ¿Ni rey o príncipe delante?
– ¡Tendría que haberlo! Mi padre era Antípater, un príncipe de Idumea que era la mano derecha del rey Hircano de los judíos. Luego, los sicarios de un rival al trono lo asesinaron. Él también era muy apreciado por los romanos, incluido César. Pero me ocupé de su asesino -manifestó Herodes con un tono de profunda satisfacción-. Lo observé morir chapoteando entre los podridos cuerpos de los crustáceos en Tiro.
– No es muerte para un judío -dijo Delio, que eso sí que lo sabía. Miró a Herodes con más atención, fascinado por la fealdad del hombre. Aunque sus antepasados estaban en puntos diametralmente opuestos, Herodes tenía un peculiar parecido con Mecenas, el íntimo de Octavio; ambos parecían ranas. Los ojos sobresalientes de Herodes, sin embargo, no eran azules como los de Mecenas; eran de un negro brillante como la obsidiana-. Tal como yo lo recuerdo -continuó Delio-, todo el sur de Siria se declaró partidario de Casio.
– Incluidos los judíos. Personalmente, estoy ligado al hombre, pese a todos aquellos que en la Roma de Antonio lo consideran un traidor. Me dio permiso para matar al asesino de mi padre.
