
– Casio era un guerrero -dijo Delio pensativamente-. De haber estado Bruto allí, el resultado de Filipos podría haber sido diferente.
– Los pájaros pían que Antonio también se vio perjudicado por un socio inepto.
– Es extraño lo fuerte que pueden piar los pájaros -respondió Delio con una sonrisa-. Entonces, ¿qué te trae a ver a Marco Antonio, Herodes?
– ¿Quizá te has fijado en las cinco urracas que están entre las bandadas de ostentosos faisanes en el interior?
– No, no puedo decirte que lo hiciera. Para mí, todos me parecen un montón de ostentosos faisanes.
– ¡Oh, allí están, mis cinco urracas del Sanedrín! Preservan su exclusividad a base de quedarse lo más apartadas posible del resto.
– Eso allí adentro significa que están en un rincón detrás de un pilar.
– Es verdad -asintió Herodes-, pero cuando Antonio aparezca, se abrirán paso hasta el frente, mientras aúllan y se golpean los pechos.
– Aún no me has dicho por qué estás aquí.
– En realidad, tiene mucho que ver con las cinco urracas que están aquí. Las estoy vigilando como un halcón. Intentan ver al triunviro Marco Antonio y plantearle su caso.
– ¿Cuál es su caso?
– Que estoy intrigando contra la legítima sucesión, y que yo, un gentil, he conseguido acercarme lo suficiente al rey Hircano y su familia para ser considerado un pretendiente a la hija de la reina Alejandra. Una versión abreviada; para escuchar la completa se tardarían años.
Delio lo miró y parpadeó sus astutos ojos color avellana.
– ¿Un gentil? Creí que habías dicho que eras judío.
– No de acuerdo con la ley mosaica. Mi padre se casó con la princesa Cypros de Nabatea. Un árabe. Dado que los judíos cuentan la descendencia por la línea materna, los hijos de mi padre son gentiles.
– Entonces, ¿qué puedes conseguir aquí, Herodes?
– Todo, si me permiten hacer lo que se debe hacer.
