
Agresiva. Interesante. Pero inaceptable. Le dirigió una severa mirada.
Ella bajó la vista instantáneamente.
– Sí, Señor. Es correcto. -Una sub con una actitud que se correspondía con su tamaño. Maldición, era adorable.
Sacó un juego de puños de entrenamiento de debajo de la barra. Manteniendo uno en alto, se lo mostró.
– Dame tu muñeca. -Sus ojos subieron de golpe y se ampliaron al ver los puños de cuero dorado en su mano. Hasta apretó los blancos dientes sobre su labio inferior demostrando cómo luchaban sus miedos en contra de sus deseos. Le temblaban los dedos cuando colocó la muñeca en la palma de su mano abierta.
El primer provisorio regalo de confianza.
– Buena chica, -le dijo suavemente.
Sonrió al sentir la sensación maciza de su brazo. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que había tenido a una mujer por la que no tuviera que preocuparse en lastimarla con su tamaño? Del firme músculo sobresalía un delicado pulso que martillaba rápido.
Muy bonito.
Ciñó el primer puño. Cuando sus ojos de color whisky se encontraron con los suyos, la inesperada expresión de vulnerabilidad acarreó sus protectores instintos de Dom a un primer plano. ¿Toda esta dura postura escondía a una pequeña gelatina por adentro?
La oleada de satisfacción al ponerle los puños lo asombró, y se esforzó en regresar a los negocios.
– Los puños dorados indican que eres una aprendiz, -le dijo-. Pondremos listones coloridos en tus puños para que todos conozcan tus límites. El rojo mostraría que disfrutas del dolor severo como una dura azotaina. El amarillo es para un dolor intermedio.
Todavía sujetándole la muñeca con una mano, tiró fuertemente de su pelo, complaciéndose por su sobresalto.
– Como has leído en las reglas del club, cualquier sumisa, aprendiz o no, que meta la pata puede ser zurrada o azotada. La cinta amarilla simplemente indica que podemos ser más creativos.
