
– Uh. Hola. ¿Qué me preguntaste?
– ¿Te gusta ser zurrada?
Zurrada. Restringida. Una gran mano abofeteando a su trasero desnudo. Una pesada anticipación subió por su cuerpo, seguida por cautela. Durante el mes pasado, ninguna de las escenas que había hecho con Doms había resultado. Por favor deja en paz a este tipo para que encuentre algo mejor.
Algunos años menor que ella, tal vez a principio de los veinte, el Dom estaba vestido con pantalones de látex y una camiseta negra. Se veía seguro, pero no le transmitía ninguna sensación de la clase de absoluta autoridad que exigiría su sumisión.
¿Era en realidad demasiado pedir una dominancia instantánea?
– Bueno… -respondió con evasivas. Si dijera que sí, y él intentara mangonearla sin tener éxito, entonces ella terminaría completamente mortificada y desafiándolo. Sabía demasiado bien cuán bochornoso eso podría ser.
– Hablemos un poco. -La agarró del antebrazo.
Ella le alejó rápidamente la mano y respingó ante su expresión de disgusto.
– Lo siento, -le dijo-. Demasiado karate cuando era más pequeña. -¿Por qué no podía lograr sobreponerse a estas reacciones? Ella quería someterse, quería que alguien simplemente asumiera el control. El pensamiento la puso necesitada y caliente, pero este tipo de lugar… lleno de tipos intentando ligar… le traía demasiados recuerdos y arrasaba con todas sus defensas. Papá la había entrenado demasiado bien. Que no te agarren. Que no te arrinconen. La mejor defensa es un buen ataque.
– No hay problema. Estuve con muchas sumisas nerviosas. -Su pecho se hinchó.
Oh, Dios. ¿Un poco pagado de sí mismo?
Ignorando la manera en que el Dom intentaba sostenerle la mirada, ella miró alrededor del club. El contingente gótico de Tampa estaba perfectamente representado con maquillajes en exceso y bizarros pelos de punta.
