Las perforaciones y los tatuajes decoraban los lugares más increíbles e íntimos. Ay. Más allá de la parte trasera, la gente estaba apiñada alrededor de una escena de azotes.

– Me gustaría ponerte en un banco de azotes, -dijo él-. Creo que podrías correrte allí. -Ella se volvió a él, esperando, queriendo, tener una sensación de ansiedad interna, algo atípico que le dieran ganas de decir simplemente sí, y nada ocurrió. Él no era el indicado para ella.

– Gracias, pero no.

¿Cómo alguien podría encontrar alguna vez a una buena pareja en un lugar como éste?

Le dirigió al Dom una atenta sonrisa y salió del club. Antonio debería aparecer pronto; ella bien podría encontrarlo afuera.

Envolviendo su chaqueta de cuero más cerca para contrarrestar la depresión que reptaba a través de ella, caminó con pesadez hacia su furgoneta en el estacionamiento. Una piedra se cruzó en su camino, y la pateó lejos con sus estúpidas e incómodas botas. Esto sencillamente no era justo. Las otras mujeres no tenían tantos problemas para encontrar a un Dom. Y había observado a algunos Doms que ella había rechazado, y habían encontrado a otras sumisas fácilmente. Quizás el problema sea mío.

El aire húmedo de marzo rozó en contra de su cara, trayendo un fuerte aroma a mar con los vapores usuales de la hora punta de Tampa. Paseándose, observó a dos mujeres entrando en el club. Una pareja tomándose de las manos salió. Y finalmente, el Camaro rojo de Antonio zumbó en el estacionamiento y se dirigió a un espacio vacío. Antonio salió de inmediato.

– Ey. ¿Por qué no estás adentro?

Un trozo de basura le llamó la atención. Recogió el papel, lo arrugó cruelmente, y lo tiró dentro de un cercano cubo de basura.

– No encontré a nadie que… -que me hiciera bajar la cabeza-,… con quién quisiera jugar.

– Quisquillosa, quisquillosa. -La miró ceñudamente. La luz de una farola parpadeaba indecisamente, resaltando su cara como una luz intermitente-. Pobre chiquita*



3 из 252