– Suéltame la mano si no quieres que te dé una patada.

– Estupendo. Hazlo cuando quieras. Y ahora vamos a comer algo.

Pippa pensó que se refería a alguna hamburguesería, pero cuando mencionó la palabra, él la miró como si se hubiera vuelto loca. La llevó a la pensión donde se alojaba, cuya renta contribuía a pagar preparando las comidas un par de veces por semana. Durante el resto del tiempo disponía de la cocina para hacer sus prácticas. Pippa lo observó admirada mientras preparaba una deliciosa ensalada, la más rica que había probado en toda su vida.

– Yo te enseñaré lo que es comida de verdad – afirmó con descarada arrogancia-. ¡Hamburguesas!

– Eh, que yo también cocino. A mí tampoco me gustan las hamburguesas.

– ¿Entonces qué te hizo pensar que a mí sí?

– Bueno… tienes acento estadounidense – al ver la mirada que le lanzó, se apresuró a disculparse-. ¡Lo siento, lo siento!

– Soy estadounidense, claro, y por eso se supone que debo tener el sentido del gusto atrofiado, ¿no?

– Perdona, no quería decir eso.

– ¡Claro que sí! -exclamó enfadado, aunque en realidad estaba sonriendo para sus adentros-. Yo creía que este país había desterrado ya los prejuicios contra los extranjeros.

– Así es, pero los estadounidenses no cuentan como extranjeros, a pesar de las cosas horribles que le hacen a nuestro idioma… -repuso Pippa, y añadió provocativamente- Después de todo, la mayor parte de vosotros descendéis de nosotros.

– No te creas. Mis antepasados son franceses, españoles e irlandeses. Si hubiera algún inglés en mi árbol genealógico, estaría escondido en el armario con los demás esqueletos. Venga, subamos a comer.

Su habitación consistía en una cama, una mesa, dos sillas y unos estantes llenos de libros de cocina. Galantemente le sacó una silla y le sirvió la comida con tanta elegancia como si se encontraran en el comedor del Ritz.



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