
– Por cierto, ¿qué estabas haciendo cuando te colaste en las cocinas? -quiso saber.
– Solo quería verlas, para saber a lo que iba a aspirar. Verás, en realidad yo soy la mejor cocinera del mundo, pero todavía nadie lo sabe. O al menos lo seré cuando haya terminado de aprender. Voy a triunfar tanto que un día el Ritz me suplicará que vuelva para reinar en su cocina. Y la gente vendrá de todo el mundo para degustar mis creaciones.
A Luke le encantaba escuchar a la gente y, al cabo de un rato, Pippa ya se lo había contado todo. Incluso le había hablado de su madre, el recuerdo más preciado que conservaba. Cocinaba maravillosamente bien. Le habría encantado trabajar de cocinera, pero en vez de eso se casó. Algo muy común en las mujeres de aquellos tiempos -le explicó, como si estuviera hablando de siglos atrás-. Y lo único que le apetecía a mi padre eran patatas fritas. Siempre patatas fritas.
– Entiendo -afirmó él, sonriendo.
– Si ella le presentaba un plato más imaginativo, él lo despreciaba. Así que empezó a enseñarme a cocinar bien. Creo que ese era el único placer que tenía en la vida. Solíamos hacer planes para que yo ingresara en la escuela de cocina. Consiguió un empleo con el fin de intentar reunir dinero para pagar mi matrícula. Pero fue demasiado para ella. No supimos hasta el último momento que tenía un problema de corazón -por un momento una inmensa tristeza se dibujó en su expresión, pero enseguida se recuperó.
– Lo siento -dijo Luke, compadeciéndola.
– Después mi padre se casó de nuevo y, de repente, me encontré viviendo con una madrastra llamada Clarice, que me odiaba.
– Convertida en una cenicienta, vamos.
– Bueno, para ser justos, el sentimiento era recíproco. Ella solía llamarme Philippa – explicó, disgustada-. Me obligaba a pasarme todo el día en casa haciendo las tareas domésticas. Siempre que había que limpiar algo, decía que le dolía la cabeza y que tenía que hacerlo yo.
