
Se apresuró a volver para tomar una ducha. Dominique seguía dormida, así que cerró bien la puerta del cuarto de baño. No había un solo gramo de grasa superflua en su esbelto cuerpo: su enorme energía, el trabajo duro y las horas que pasaba en el mar lo mantenían en forma. Su rostro no aparentaba los treinta y cuatro años que tenía. Sus ojos oscuros y su pelo negro hablaban de algún remoto ascendiente hispano, pero su boca de labios llenos, tan predispuesta a la sonrisa, era la de su padre. Max Danton había sido un tarambana durante su juventud y lo seguía siendo, según la mujer que lo amaba y que había engendrado a sus hijos.
– Y tú eres igual -recordaba Luke que solía decirle su madre-. Ya es hora de que consigas un trabajo decente.
El hecho de poseer dos restaurantes y su propio programa en una cadena de televisión por cable no parecía contar como un trabajo decente en su historial. Luke simplemente se reía de aquellas recriminaciones. Quería a su madre de todas formas. Cuando terminó de ducharse, se puso unos pantalones y volvió a la cocina. Dominique ya estaba allí, vestida con la mejor bata de seda de su anfitrión.
– ¿Qué hora es? -le preguntó ella, con un bostezo.
– ¡Casi mediodía! Diablos, ¿cómo hemos podido dormir tanto?
– Eran más de las cuatro cuando dejamos el club nocturno -se apoyó en su pecho, cerrando los ojos-. Y luego, cuando vinimos aquí…
– Ya -pronunció lentamente Luke, sonriendo, y los dos se echaron a reír.
