El precio que había pagado por ella había sido alto, pero había merecido la pena. De niño había jugado en aquella playa. Solía vagabundear de un lado a otro hasta que su madre lo llamaba a gritos. Pero en los intervalos entre grito y grito le había enseñado a cocinar, de manera que Luke había descubierto en aquella actividad su verdadera vocación. Y, ya de mayor, había vuelto allí para comprarse una casa justo a un par de manzanas del Manhattan Pier.

Se apresuró a volver para tomar una ducha. Dominique seguía dormida, así que cerró bien la puerta del cuarto de baño. No había un solo gramo de grasa superflua en su esbelto cuerpo: su enorme energía, el trabajo duro y las horas que pasaba en el mar lo mantenían en forma. Su rostro no aparentaba los treinta y cuatro años que tenía. Sus ojos oscuros y su pelo negro hablaban de algún remoto ascendiente hispano, pero su boca de labios llenos, tan predispuesta a la sonrisa, era la de su padre. Max Danton había sido un tarambana durante su juventud y lo seguía siendo, según la mujer que lo amaba y que había engendrado a sus hijos.

– Y tú eres igual -recordaba Luke que solía decirle su madre-. Ya es hora de que consigas un trabajo decente.

El hecho de poseer dos restaurantes y su propio programa en una cadena de televisión por cable no parecía contar como un trabajo decente en su historial. Luke simplemente se reía de aquellas recriminaciones. Quería a su madre de todas formas. Cuando terminó de ducharse, se puso unos pantalones y volvió a la cocina. Dominique ya estaba allí, vestida con la mejor bata de seda de su anfitrión.

– ¿Qué hora es? -le preguntó ella, con un bostezo.

– ¡Casi mediodía! Diablos, ¿cómo hemos podido dormir tanto?

– Eran más de las cuatro cuando dejamos el club nocturno -se apoyó en su pecho, cerrando los ojos-. Y luego, cuando vinimos aquí…

– Ya -pronunció lentamente Luke, sonriendo, y los dos se echaron a reír.



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