– Ah, eso. Ya estoy acostumbrada. De hecho, en este mismo momento te perdono todas las veces que volverás a hacerlo en el futuro. Piensa en todo el tiempo que me ahorraré…

Rieron juntos. Aquel era el momento perfecto; Pippa estaba segura de ello. Se inclinó hacia él y lo besó delicadamente en los labios. Pudo percibir su temblor, como si reflejara el suyo propio. Siguió besándolo con mayor insistencia hasta despertarle una respuesta que fue puro fuego: la atrajo hacia sí y la abrazó con fuerza.

Pero, casi en aquel mismo instante, interrumpió el beso y la apartó suavemente. Pippa lo miró entre avergonzada y decepcionada.

– ¿Es que no te gusto? -le preguntó, disimulando su angustia bajo una máscara de agresividad.

– Claro que sí.

– ¿Entonces por qué diablos no me besas?

– Porque si lo hago ya no querré detenerme, y tú… bueno, eres joven y…

– ¿Me estás acusando de ser virgen?

– No es una acusación…

– ¡Oh, no, claro! En estos tiempos que corren…

– Supongo que en estos tiempos que corren todavía quedan vírgenes -observó Luke, mirándola con una expresión de ternura.

– En Londres, no -repuso ella. Sabía que se estaba comportando de forma estúpida, pero no podía evitarlo.

– Es sólo que hay algo en ti… algo muy dulce y joven que me ha hecho pensar que… -en aquella ocasión fue él quien se sintió avergonzado, y Pippa aprovechó la oportunidad para recuperar la iniciativa.

– ¿Sabes cuál es tu problema, Luke? Piensas demasiado. Haces una montaña de un grano de arena. Si dos personas simplemente se gustan, pues…

Años después, evocando esa conversación, había podido reconocer la infantil bravuconería que encerraban aquellas palabras. Por supuesto, Luke no se había dejado engañar por ellas, pero, en cualquier caso, sus defensas se habían hecho añicos. Porque de repente la atrajo nuevamente hacia sí, empezó a desabrocharle apresuradamente los botones de la camisa y todo sucedió tal y como Pippa había soñado.



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