La discusión que resultó de aquello tardó tres días en ser olvidada. Pero nadie podía enfadarse mucho tiempo con un hombre tan tierno como Luke. Cuando se dio cuenta de que ella no iba hacer ningún movimiento de acercamiento, volvió a esperarla a la salida del hotel.

– Buenas tardes -lo saludó Pippa con tono helado-. Me voy directamente a mi casa.

Pero fue imposible. Fuera cual fuera la dirección que ella tomara, Luke le bloqueaba el paso dirigiéndola hacia su pensión, como habría hecho un perro pastor con un cordero descarriado. Y sin abrir la boca.

– No sé a qué diablos estás jugando – protestó, exasperada.

De un bolsillo sacó Luke un pequeño bloc de notas en el que aparecía escrito: Cada vez que abro la boca, te enfadas conmigo.

– ¡Oh, déjalo ya! -exclamó, intentando no reírse y fracasando por completo.

– Lo siento, Pippa. Es que no puedo evitarlo. Algunas personas son incapaces de viajar en coche sin conducir. A mí me pasa lo mismo con la cocina. En seguida pienso en cómo lo habría hecho yo y… -al ver su expresión de advertencia, se apresuró a añadir-: Dejemos el tema. Ven a casa conmigo y prepararé la cena.

Pippa le echó los brazos al cuello, mirándolos los ojos:

– Ojalá se te atragante.

Se echaron a reír. Luke la besó en la punta de la nariz y, para cuando llegaron a su casa, Pippa se había olvidado ya del motivo de su discusión. El sentimiento que reinaba sobre todos los demás era la alegría de la reconciliación. El mundo volvía a ser perfecto.

La cena se desarrolló tal y como ella había esperado: a la luz de las velas y con una rosa al lado de su plato, pero, en esa ocasión, era iniciativa de Luke. Después se sentaron en el sofá y él le sirvió un vino comprado especialmente para la ocasión.

– ¿Me perdonas? -le preguntó, alzando su copa hacia ella.

– ¿Porqué?

– Por haberme puesto tan insoportable cuando me invitaste a cenar.



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