Luke ya había regresado a Los Ángeles cuando ella le comunicó por teléfono la noticia. El la había telefoneado y, como era su deber, le había sugerido el matrimonio, ya que en el fondo seguía siendo un hombre chapado a la antigua. Recordaba que aquella reacción le había parecido divertida a Pippa. La gente, en los tiempos que corrían, no tenía por qué sentirse obligada a casarse. Por supuesto que quería tener el bebé, pero… ¿quién necesitaba al padre?

Luke no se había mostrado nada entusiasmado con aquella forma de expresarlo, pero al mismo tiempo eso le había dejado las manos libres y una clara conciencia de la situación. Había pensado en ir a verla, pero el vuelo era muy caro y le había parecido mucho más sensato enviarle directamente algún dinero. Así que eso fue lo que hizo y lo que había seguido haciendo desde entonces. Pippa todavía seguía viva en su memoria como aquella chica alocada de malicioso sentido del humor que tan bien había llegado a conocer. Tenía fotografías recientes, pero de alguna manera le parecían irreales comparadas con la viveza de sus recuerdos. Se sonrió al evocarlos. Por todo había demostrado pasión: por sus sueños, por la comida, por la más ínfima discusión… ¡Y solía discutir constantemente! Durante aquellas discusiones había tenido que acallarla a besos. Y luego había sido incapaz de detenerse, no contento hasta explorar cada centímetro de su maravilloso cuerpo y descubrir que también por él había sentido una verdadera pasión.

Pippa sabía que había obrado mal. Había sido una estupidez decidir viajar de pronto a Los Ángeles y, al cabo de solo unos momentos, reservar dos plazas para el siguiente vuelo. Y allí estaba, cansada después del largo viaje, con lo peor todavía por llegar cuando el día apenas había empezado. Y dado que no había avisado a Luke de su llegada, muy bien podría no encontrarse en casa. Ay, ¿por qué no habría pensado un poco antes de tan impulsivamente?

La culpa era de Jake.



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