
A sus veintinueve años, Pippa era alta y delgada, de cabello castaño rojizo, rizado y largo hasta los hombros. Tenía los ojos grandes y luminosos, además de una boca de labios llenos y risa fácil. Pero últimamente no había tenido oportunidad de reírse mucho, al menos desde que el médico le había dicho: «Pippa, tengo que ser sincero contigo…». Porque en aquel preciso instante tuvo el presentimiento de que nunca más iba a poder volver a reírse.
Al fin recuperaron su equipaje, atravesaron la aduana y se dirigieron al hotel del aeropuerto.
– ¿Por qué no podemos quedarnos en casa de papá? -le preguntó Josie mientras deshacían las maletas.
– Porque no sabía que veníamos, así que no estará preparado para recibirnos.
No tardaron mucho tiempo en guardar todas sus cosas. Luego salieron a la calle, pararon un taxi y Pippa le dio al conductor la dirección de Luke.
– ¿Tardaremos mucho en llegar?
– Unos diez minutos -le contestó el taxista.
Solo diez minutos, y aún no había decidido lo que iba a decirle a Luke cuando abriera la puerta y la encontrara allí, en Los Ángeles, de la mano de su hija. ¿Por qué no le había advertido de su llegada? «Porque en ese caso tal vez se hubiera evaporado», le contestó una irónica voz interior. El Luke que había conocido once años atrás era una persona deliciosa y encantadora, pero las palabras «serio», «responsable» y «compromiso» no figuraban en su vocabulario.
Era por eso por lo que, aunque Luke había contribuido generosamente al mantenimiento de su hija, nunca había llegado a verla.
