
Maura suspiró. No había tardado mucho en ponerse a hacer publicidad.
– Suena bien -dijo Jefferson, tomando un sorbo de su espesa cerveza negra.
– ¿Rose ha tenido ya el niño, Michael? -le preguntó Maura-. Michael y Margaret están a punto de convertirse en abuelos -le explicó a Jefferson.
– No, aún no, pero está a punto -contestó el propietario del pub-. Así que el dinero que ganemos cuando llegue la gente de la película será más que bienvenido.
Maura cerró los ojos. Evidentemente, de lo único que quería hablar la gente de pueblo era de esa maldita película.
Michael acababa de volver a la barra cuando tres o cuatro vecinos encontraron una razón para detenerse frente a su mesa y hablar con Jefferson.
Y Maura lo vio charlar amablemente con aquella gente a la que conocía de toda la vida y le gustó más por ello. Un hombre como él no podía disfrutar siendo el centro de atención en un pueblo tan pequeño, pero en lugar de ser abrupto se mostraba amable con todos.
Maura escuchó, medio distraída, mientras Francés Boyle le hablaba de su hostal y los buenos servicios que prometía para los estudios King. Luego Bill Howard, propietario del mercado, le juró que estaría encantado de ofrecerle los suministros que hiciera falta. Nora Bailey le dio su tarjeta, recordándole que tenía una panadería y sería un honor trabajar para él y, por fin, Colleen Ryan ofreció sus servicios como costurera porque, estando tan lejos de Hollywood, la gente de vestuario necesitaría alguien mañoso con la aguja. Cuando por fin se alejaron, todos mirando a Maura como diciendo: «venga, chica, firma de una vez», Jefferson estaba sonriendo y a ella le dolía la cabeza.
– Parece que tú eres la única en este pueblo que no quiere saber nada de la película.
– Sí, eso parece, ¿verdad?
