
Y, al final, la vida las empujó, como hacía siempre, insistiendo en que siguieran adelante.
– Pero mi madre llevaba muchos años añorando a mi padre y ahora que ha vuelto con él seguro que está feliz.
– Tú crees en eso.
No era una pregunta, era una afirmación.
– Sí, lo creo.
– ¿Has nacido con esa fe o uno tiene que trabajar para ganársela?
– Pues… ¿nunca has sentido la presencia de alguien a quien has perdido?
– Sí, la verdad es que sí -admitió él-. Aunque no es algo de lo que suela hablar.
– ¿Por qué ibas a hacerlo? Es una cosa privada.
Maura lo miró a los ojos, intentando leer sus pensamientos, pero los ojos azules se habían ensombrecido y tuvo que esperar hasta que habló de nuevo:
– Hace diez años mis padres murieron en un accidente de coche en el que también estuvo a punto de morir unos de mis hermanos -Jefferson tomó un trago de cerveza antes de dejar la jarra sobre la mesa-. Mucho más tarde, cuando por fin pudimos recuperarnos un poco, nos dimos cuenta de que si mis padres hubieran podido elegir habrían elegido morir a la vez. Ninguno de los dos hubiera sido feliz sin el otro.
– Te entiendo -suspiró Maura. La música seguía sonando de fondo, mezclada con las conversaciones de los vecinos. Pero allí, sentada a aquella mesa con Jefferson, le parecía como si estuvieran solos en el mundo-. Mi padre murió cuando Cara era muy pequeña y mi madre nunca fue la misma sin él. La pobre lo intentaba, por nosotras, pero le faltaba algo. Un amor así es o una bendición o una maldición.
– Sí, puede que tengas razón.
Estaba sonriendo y Maura pensó que era extraño que se entendieran tan bien hablando de recuerdos tristes. Pero por alguna razón, compartir historias de su familia la hacía sentirse más acompañada de lo que se había sentido en mucho tiempo.
