Maura miró a Jefferson, avergonzada, pero luego, encogiéndose de hombros, siguió a su hermana hasta una zona que los parroquianos habían dejado libre, frente a las mesas. La gente aplaudió cuando se colocaron una frente a la otra, riendo. Y entonces las hermanas Donohue se pusieron en acción, con la espalda recta como un palo, los brazos pegados a los costados… y sus pies volando.

Jefferson, como casi todo el mundo, había visto el espectáculo de Broadway de los bailarines irlandeses y había salido impresionado. Pero allí, en aquel pub diminuto en un pueblo pequeño de la costa irlandesa, se sintió arrastrado por una especie de magia.

La música sonaba, la gente aplaudía y las dos hermanas bailaban como si tuvieran alas en los pies. Jefferson no podía apartar sus ojos de Maura. Había estado trabajando todo el día, él era testigo, y sin embargo allí estaba, bailando y riendo, tan elegante como una hoja empujada por el viento. Era tan preciosa que no podía apartar la mirada.

Pensó entonces en las historias que había oído sobre su bisabuelo, que se había enamorado locamente de una chica irlandesa en un pub como aquél, en una noche mágica. Y, por primera vez en su vida, entendió cómo había ocurrido.

Cara se marchó del pub poco después porque tenía que ir a Westport, una ciudad portuaria a diez kilómetros de allí.

– Estaré en casa de Mary Dooley si me necesitas -dijo, besando a su hermana y guiñándole un ojo a Jefferson-. Y si no, nos vemos mañana.

Cuando su hermana desapareció, Maura miró a Jefferson, riendo.

– Es una fuerza de la naturaleza, siempre lo ha sido. Lo único que la paró un poco fue la muerte de nuestra madre hace cuatro años.

– Lo siento -dijo él-. Yo también sé lo que es perder a tus padres. Nunca es fácil, tengan la edad que tengan.

– No, no lo es -admitió Maura, recordando lo difíciles que habían sido esas largas y tristes semanas tras la muerte de su madre. Entonces ni siquiera Cara era capaz de sonreír, pero se apoyaron la una en la otra como nunca.



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