Pero ella había crecido en aquella granja, de modo que la conocía tan bien como Tarzán conocía la jungla y no tenía que esforzarse para ver lo que veía Jefferson: campos de un verde brillante hasta el horizonte, cercas de piedra que se levantaban del suelo como antiguos centinelas, la sombra de las montañas Partry y el lago Mask de esa conversación. En realidad, hacía mucho tiempo que no le gustaba tanto un hombre. Una pena que sólo estuviera allí por un tiempo. Y sería mejor recordar eso, se dijo.

– A mí no puedes engañarme, Maura. Te estoy convenciendo.

– ¿No me digas?

– No has amenazado con echarme de tu propiedad en… -Jefferson miró su reloj- casi seis horas.

– Eso podría remediarse.

– Pero tú no quieres hacerlo.

– ¿No? -esa sonrisa suya debería considerarse un alma letal, pensó.

– No, no quieres -dijo Jefferson-. Porque lo admitas o no, te gusta tenerme por aquí.

Bueno, en eso tenía razón, debía admitirlo. ¿Pero qué mujer no disfrutaría teniendo a Jefferson King en su casa? No todos los días aparecía un hombre rico y guapo en tu puerta ofreciéndote dinero, además. ¿Podía evitarlo si estaba disfrutando tanto de las negociaciones que intentaba alargar un poco el proceso?

– Admítelo -dijo él-. Te reto a que lo hagas.

– Pronto descubrirás, Jefferson King, que si yo te quisiera por aquí -le dijo Maura, mirándolo a los ojos-, no tendría el menor problema en admitirlo.

Dos

En el pueblo de Craic, Jefferson King era una gran noticia y la mitad de los vecinos insistían en que firmase el contrato de una vez para que todos «se hicieran famosos».



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