
– Puedes pedirle a las ovejas que compartan su comida contigo si tienes hambre -le dijo, sin embargo.
– Ah, una oferta muy tentadora. Pero yo prefiero ese pan negro que me diste ayer.
– ¿Te gusta el pan de centeno?
Jefferson la miró desde su enorme altura y Maura casi podría jurar que veía chispas en sus ojos azules.
– Me gustan muchas cosas por aquí.
– Eres un zalamero, Jefferson King -murmuró Maura.
– ¿De verdad?
– Y lo sabes perfectamente, pero estás perdiendo el tiempo conmigo. No vas a convencerme para que firme ese contrato, ya te lo he dicho. Lo firmaré o no, según me parezca. Y nada de lo que puedas decir me empujará a un lado o a otro.
– Pero tengo que intentarlo al menos, ¿no?
– Puedes hacer lo que quieras -dijo Maura, alegrándose de que no se hubiera rendido.
En realidad estaba considerando seriamente su oferta desde el momento que la hizo porque con ese dinero podría hacer muchas cosas en la vieja granja que pertenecía a su familia desde siempre. Por no hablar de lo que podría hacer con el corral y los pastos.
Tenía un empleado que iba un par de días a la semana para echarle una mano, pero con el dinero de Jefferson King podría pagarle para que fuese todos los días. Y, además, podría guardar una buena cantidad en el banco.
Pero aún no estaba decidida. Jefferson había aumentado la oferta una vez y no tenía la menor duda de que volvería a hacerlo porque estaba segura de que no podría encontrar otra granja más bonita para su película. Además, él ya le había dicho que la suya le parecía perfecta.
Eso significaba que no iba a retirar la oferta y Maura quería conseguir el mejor trato posible. Pero no la motivaba la avaricia. Sólo pensar lo que un equipo de cine podría hacerle a su bien ordenada vida… por no hablar de las tierras. Necesitaría dinero para arreglar los desperfectos que causara esa gente, pensó.
