A los pocos tragos, Flavia retiró el vaso diciendo:

– Ya basta. Espera un poco y luego podrás tomar más.

– Me siento drogada -dijo Brett.

– Lo estás, cara. Entra una enfermera cada pocas horas y te pone una inyección.

– ¿Qué hora es?

Flavia se miró el reloj.

– Las ocho menos cuarto.

El número no le decía nada.

– ¿De la mañana o de la noche?

– De la mañana.

– ¿De qué día?

– Martes -sonrió Flavia.

– ¿Por la mañana?

– Sí.

– ¿Y tú por qué estás aquí?

– ¿Dónde quieres que esté?

– En Milán. Esta noche tienes función.

– Para eso están las suplentes, Brett -dijo Flavia con indiferencia-. Para cantar cuando la titular está enferma.

– Tú no estás enferma -dijo Brett, atontada por el dolor y los calmantes.

– Que no te oiga el director general de La Scala, o te haré pagar la multa por mí. -A Flavia le costaba trabajo mantener el tono jovial, pero lo intentaba.

– Tú nunca suspendes.

– Bien, esta vez he suspendido y no se hable más. Vosotros, los anglosajones, sois muy formales en las cosas del trabajo -dijo Flavia, ya con falsa ligereza-. ¿Más agua?

Brett asintió e inmediatamente se arrepintió del movimiento. Se quedó quieta un momento, con los ojos cerrados, esperando que se calmaran la náusea y el vértigo. Cuando los abrió, vio a Flavia inclinada sobre ella con el vaso. Nuevamente, saboreó la fresca delicia, cerró los ojos y se adormeció. De repente, preguntó:

– ¿Qué sucedió?

– ¿No lo recuerdas? -preguntó Flavia, alarmada.

Brett cerró los ojos un momento.

– Sí, recuerdo que tenía miedo de que te mataran. -El hablar con los dientes juntos hacía vibrar en su cabeza una resonancia sorda.



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