Mientras observaba a Flavia, Brett volvió a pasar revista a su propio cuerpo. Quizá pudiera mover brazos y piernas, aunque sería doloroso, de un modo general, indeterminado. Al parecer, estaba de lado y sentía en la espalda un ardor difuso y doloroso. Finalmente, consciente de que esto sería lo peor, trató de abrir la boca y sintió la terrible presión que le comprimía los dientes. Estaban atados con un alambre, pero podía mover los labios. Lo peor era tener la lengua prisionera. Al pensarlo, sintió pánico. ¿Y si tenía que toser? ¿Se ahogaría? Ahuyentó el pensamiento con firmeza. Si podía discernir, señal de que estaba bien. No vio tubos que salieran de la cama y comprendió que no estaba sondada. Así que peor de lo que estaba ahora no iba a estar. Y esto era soportable. A duras penas, pero soportable.

De pronto, sintió sed. Tenía la boca seca y le ardía la garganta.

– Flavia -dijo con una voz que era menos que un suspiro, que casi ni ella podía oír. Flavia abrió los ojos y miró en derredor con expresión de pánico, como solía hacer cuando se despertaba bruscamente. Al momento, se inclinó hacia adelante, acercando la cara a la de Brett-. Flavia, tengo sed -susurró.

– Y buenos días a ti también -dijo Flavia con una carcajada de alivio, y entonces Brett comprendió que pronto estaría bien.

Flavia se volvió y tomó un vaso de encima de la mesa que tenía a su espalda. Dobló la caña de plástico e introdujo el extremo entre los labios de Brett, por el lado izquierdo, lejos del corte tumefacto que le torcía la boca hacia abajo.

– Hasta he mandado poner hielo como a ti te gusta -dijo fijando la caña en el vaso, mientras Brett trataba de sorber el líquido. Tenía los labios secos y pegados, pero por fin consiguió abrir una rendija y la bendita agua fría le bañó la boca y la garganta.



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