Tenía los nervios en tensión por la falta de sueño, el exceso de café, el renovado deseo del cigarrillo y la viscosa envoltura de miedo que se pega a la piel del que está demasiado tiempo dentro de un hospital. Mientras miraba a su amante, volvió a desear haber matado al hombre que le había hecho esto. Flavia Petrelli no conocía el arrepentimiento, pero era muy poco lo que ella no supiera de la venganza.

3

A su espalda se abrió una puerta, pero Flavia no se volvió para ver quién entraba. Otra enfermera. No un médico, seguramente; éstos eran aquí muy escasos. Al cabo de un momento, oyó una voz de hombre:

– ¿Signora Petrelli?

Ella volvió la cabeza, intrigada por quién podía ser y cómo la había encontrado aquí. En la puerta vio a un hombre más bien alto y corpulento, que le era vagamente familiar, pero no recordaba de qué. ¿Uno de los médicos de la planta o, mucho peor, un periodista? Se había quedado en la puerta, al parecer, esperando permiso para entrar y acercarse a Brett.

– Buenos días, signora -dijo el hombre, sin moverse-. Soy Guido Brunetti. Nos conocimos hace años.

Era el policía que había investigado el caso Wellauer de La Fenice. Ahora lo recordaba: no carecía de inteligencia, y Brett, por razones que Flavia no acababa de explicarse, lo encontraba simpático.

– Buenos días, dottor Brunetti -respondió Flavia ceremoniosamente, a media voz. Se levantó, miró a Brett para cerciorarse de que dormía y fue hacia él. Le tendió la mano que él estrechó brevemente.

– ¿Lo han asignado a esto? -preguntó ella. En cuanto lo hubo dicho, reparó en la agresividad del tono y la lamentó.

Él pasó por alto el tono y respondió la pregunta.

– No, signora, pero he visto el nombre de la dottoressa Lynch en el parte y quería saber cómo está. -Antes de que Flavia pudiera referirse a su tardanza, él explicó-: El caso fue encomendado a otra persona y no he visto el informe hasta esta mañana. -Miró a la mujer dormida, dejando que su mirada hiciera la pregunta.



19 из 252