La música subía de tono haciendo vibrar el aire de la habitación, mientras «Elvira» se disponía a enloquecer… por partida doble. Porque en la habitación cantaban dos «Elviras», lo que producía una sensación inquietante: una, la que Flavia había grabado en Londres cinco meses antes y que brotaba de los altavoces; la otra, en la voz de la mujer que picaba cebolla.

De vez en cuando, Flavia interrumpía el afinado dúo para preguntar:

– ¡Uf! ¿Quién ha dicho que tengo un registro medio?

O:

– ¿Se supone que es un si bemol lo que tocan los violines?

Y después seguía cantando y picando. A su izquierda, en una gran sartén puesta sobre un fogón graduado al mínimo, el aceite esperaba las hortalizas.

Alguien tocó el timbre cuatro pisos más abajo.

– Yo abriré -dijo Brett, dejando la partitura abierta boca abajo en el suelo y levantándose-. Serán los Testigos de Jehová. Siempre vienen el domingo.

Flavia asintió, se apartó el pelo de la cara con el dorso de la mano y volvió a repartir su atención entre las cebollas y «Elvira», que seguía cantando en sus transportes delirantes.

Descalza en el grato calor del apartamento esta tarde de últimos de enero, Brett cruzó sobre el suelo de madera y salió al recibidor, descolgó el interfono que estaba junto a la puerta y preguntó:

– Chi è?

Una voz de hombre contestó en italiano:

– Venimos del museo. Traemos unos papeles del dottor Semenzato.

Era extraño que el director del museo del palazzo Ducal le enviara papeles, y más aún, un domingo por la tarde, pero quizá la carta que Brett le había enviado desde China lo había alarmado -aunque por supuesto no le dio tal impresión cuando habló con él la semana anterior- y quería darle a leer algo antes de la cita que a regañadientes le había dado para el martes por la mañana.



2 из 252