– Súbalos, por favor. Último piso. -Brett colgó el aparato y oprimió el pulsador que abría la puerta de la calle cuatro pisos más abajo, luego se acercó a la puerta y gritó a Flavia, entre el llanto de los violines-: Del museo. Traen papeles.

Flavia asintió, tomó una de las berenjenas, la cortó por la mitad a lo largo y, sin perder el compás, se entregó de nuevo al serio proceso de enloquecer de amor.

Brett volvió a la puerta de la escalera, se agachó para doblar la punta de una alfombra y abrió la puerta. De abajo llegaba ruido de pisadas, y por el recodo de la escalera aparecieron dos hombres que se detuvieron en el rellano, antes de acometer el último tramo.

– Sólo dieciséis peldaños más -dijo Brett sonriendo en señal de bienvenida, y entonces, sintiendo el aire glacial de la escalera, se cubrió un pie con el otro.

Ellos miraban la puerta abierta. El primero llevaba en la mano un gran sobre marrón. Los hombres empezaron a subir el último tramo y Brett volvió a sonreírles.

– Forza! -los animó.

El que subía delante, que era bajo y rubio, sonrió a su vez. Su acompañante, más alto y moreno, aspiró profundamente y lo siguió. Cuando el primer hombre llegó ante la puerta, esperó a que el otro se reuniera con él.

– ¿Dottoressa Lynch? -preguntó pronunciando el apellido al modo italiano.

– Sí -respondió ella, retrocediendo para dejarlos pasar.

Cortésmente, los dos hombres murmuraron «Permesso» al entrar en el apartamento. El primero, que llevaba el pelo cortado al uno y tenía bonitos ojos oscuros, le alargó el sobre.

– Los papeles, dottoressa. -Al entregárselos añadió-: El dottor Semenzato me ha dicho que los lea inmediatamente. -Modales suaves y corteses. El alto sonrió y volvió la cabeza hacia un espejo colgado a la izquierda de la puerta que le había llamado la atención.

Ella inclinó la cabeza y empezó a abrir la solapa del sobre, pegada con lacre rojo. El rubio se acercó, como para ayudarla a abrir el sobre, pero bruscamente se situó detrás y la sujetó por los brazos inmovilizándola.



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