
Codi se preparó para una tanda de chirridos, pero no llegó. Sólo oyó un pitido pausado, apenas audible, que poco a poco aumentó de volumen y frecuencia. La familiar sensación de oír los sonidos con gran claridad dentro de su cabeza resultó muy bienvenida. La voz de la mujer empezó a parecerle lejana, amortiguada en comparación. La nitidez de un implante transmitiendo directamente a su cerebro no se podía comparar con la de una onda acústica transmitida por el aire.
Durante casi diez minutos, el pitido subió y bajó de intensidad, varió de timbre y se hizo irritantemente alto para volverse inaudible después. Era un proceso tedioso y que exigía paciencia, pero Codi notaba la constante mejoría de la señal. Cerró los ojos y trató de relajarse, sabiendo que en pocos minutos estaría fuera de la consulta. Se había llevado un sobresalto muy desagradable a primera hora de la mañana, cuando en mitad de una conversación escuchó una serie de clics y se quedó prácticamente sordo. El percance era más serio que la simple incomodidad, Codi no podía permitirse estar desconectado del mundo. Al menos, la solución había sido rápida y eficiente. Ahora sólo faltaba reactivar el acceso a Airnet y todo estaría arreglado de nuevo.
—¿Tendrá que gestionarme el alta otra vez? — preguntó a pesar de intuir que no era un buen momento para charlar. Temía haber sido descortés con la muchacha.
— Sí, y le tocará pagar la cuota de conexión. Lo siento. Le saldrá caro.
— A mí no; a mi jefe.
— Entonces tiene suerte. ¿Qué canales desea tener?
Codi recitó de memoria la larga lista de prestaciones a las que tenía derecho. De las tres grandes áreas de audio que ofrecía Airnet — canales privados de voz, canales públicos de voz y canales musicales— los únicos que Codi tenía que financiarse él mismo eran los últimos. Hoy y Mañana, en cuya redacción trabajaba, le financiaba el acceso a una amplia selección de canales informativos, políticos y culturales, y pagaba sus conversaciones privadas.
