— Le dije a Snell que estaría en el médico.

— Sí, sí, sí. ¿Todo bien?

— Estupendamente.

Durante la breve pausa que siguió Codi se dedicó alternativamente a maldecir y a preguntarse por qué Harden le necesitaba con tanta urgencia. Su eterno tono optimista pocas veces traslucía algo, pero Codi no había pasado tres años trabajando a su lado en balde. Entre los muchos motivos que Harden podía tener para perseguirle, el más probable era…

— Así que ya estás libre. Eso está bien. Necesito que me hagas un favor.

Silencio. Codi suspiró. Se preguntó por qué el hombre se molestaba en fingir inseguridad. Fuera cual fuera el encargo, los dos sabían que Codi lo haría.

—¿Sí?

— Verás… Resulta que tengo concertada una entrevista, conseguirla fue toda una demostración de olfato periodístico. Pero ha surgido una reunión que no puedo dejar en manos de cualquiera, así que no voy a poder hacer la entrevista. Es a las once.

—¡¿De hoy?!

—¡Claro! Ése es el problema. Ya no se puede aplazar…

Codi aguantó la pausa. La aguantó todo el tiempo que le fue humanamente posible, dejando que el taciturno silencio fuese su protesta. Algún día, cualquier día, se negaría. Incluso ahora podía negarse. No con un no rotundo, pero sí diciendo que aún le quedaba una parte del implante por revisar. Harden no podría decir nada a eso. De hecho, le bastaría con…

— Está bien — suspiró.

Hubiera querido que su voz sonara magnánima, pero no le era fácil mostrarse magnánimo con su jefe. Sonó, a lo sumo, tranquilizadora. Una vez más, él se encargaría de arreglar las cosas. Se aseguraría de que todo saliera bien y todos quedaran en buen lugar. Codi no era la mano derecha de Harden; ni siquiera era su mano izquierda. No llevaba el suficiente tiempo en Hoy y Mañana para aspirar a tales cimas de reconocimiento laboral. Pero si Harden tenía un problema, todos sabían a quién acabaría por recurrir. Era un hecho conocido en la redacción que Codi Weil era demasiado eficiente y bien intencionado para su propio bien.



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