
Todas sus preferencias se habían desconfigurado, por supuesto. Reinaban los valores predeterminados, como la metálica voz femenina y la necesidad de molestar con inútiles avisos cada cinco minutos. «Borrarlos sumariamente», pensó Codi. Quien quiera que le hubiera llamado podía hacerlo de nuevo.
Esta acción no se podrá deshacer. Tiene un mensaje de máxima prioridad. ¿Está seguro de que desea borrarlo?
—¿De quién es?
Harden, Víctor.
— Borrar — Codi hizo una mueca. Por un instante había imaginado que podía ser de Cladia. Llevaba una semana sin tener noticias suyas—. Si es Harden, volverá a llamarme.
No había terminado aún, cuando la voz le avisó de nuevo.
Llamada entrante para Weil, Candance. Etiqueta de máxima prioridad. Harden, Víctor.
Por un instante, todas las maldiciones del mundo no le parecieron suficientes para expresar su opinión sobre su editor jefe. Había explicado adónde iba. Había avisado de que tardaría en volver. Cualquier otro jefe le habría dado un par de horas de tranquilidad. Harden no. Harden consideraba que el tiempo de Codi era de su absoluta propiedad.
El periodista dio un puntapié al guijarro que encontró en el camino. Era grande, la mitad de un puño, e impactó ruidosamente contra la pared de un edificio. Algunos transeúntes miraron a Codi de reojo, pero no dijeron nada. La imagen de una persona hablando apasionadamente consigo misma estaba arraigada en la sociedad. Además, la mayoría de los paseantes tenía la mirada acristalada de quien tiene a su grupo favorito tocando dentro de su propia cabeza.
Codi cogió aire para calmarse y se aclaró la garganta.
— Hola, señor Harden — dijo, confiando en que su tono transmitiera diligencia y entusiasmo.
— Candance, amigo mío, me alegro de dar contigo por fin. ¡Llevo toda la mañana intentándolo!
