– No es posible que seas real -susurró, aún con la vista fija en él, preguntándose quién sería, aunque ya lo sabía. Entonces, comprendió también el motivo de su presencia allí, y maldijo-: ¡Maldito canalla! -Ahora gritaba, estremecida de furia-. ¡Miserable pedazo de basura! Levántese y salga de mis tierras antes de que le dispare! ¡Podría darle latigazos hasta arrancarle su desgraciada vida, casi!

En ese momento se interrumpió, porque no llevaba la pistola consigo. No importaba: sí tenía el látigo de jinete. Lo levantó en alto.

Las densas pestañas del hombre se separaron lentamente, y la muchacha se quedó contemplando sus propios ojos grises, que miraban hacia arriba. Los de él eran un poco más oscuros que los de ella, como los del padre. Dios querido, era hermoso, más aún que el padre.

– ¡Válgame Dios! -dijo el hombre, marcando las palabras, con una voz tersa como un guijarro del fondo de un arroyo.

No se movió, sino que entrecerró los ojos para protegerse del resplandor del sol, y poder ver el rostro acalorado y furioso que se cernía sobre él.

– Afirmo que es una dama lo que veo. Esas manos blancas, que nunca han trabajado en su vida. Sí, no cabe duda de que es una dama. Pero me pregunto dónde está la moza de taberna que me ha lanzado tan sucios juramentos. ¿Quiere matarme? ¿Quiere azotarme? Ciertamente, es una situación teatral, más adecuada para Drury Lane.

Hablaba bien, como un caballero. Qué importaba. Sin moverse, Arabella siguió observándole el rostro. Tenía un hondo hoyuelo en la barbilla, que ella no tenía, y estaba bronceado, con el cutis moreno de un pirata. Siempre había detestado a los piratas. No, no permitiría que este hombre la irritase. Con el mismo tono arrogante que usaba su padre, preguntó:



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