
Arabella se detuvo un momento para escuchar el croar lastimoso de una rana solitaria, oculta a su vista en medio de los espesos cañaverales. Al inclinarse con un gracioso revuelo de faldas negras, alcanzó a ver un retazo de negro, cosa insólita en medio de infinitos matices de verde, entre un grupo de juncos, pero a corta distancia de ella. Olvidó a la rana, y con el entrecejo fruncido, avanzó lenta y silenciosamente.
Apartó con cuidado un grupo de tallos, y se topó con un hombre dormido, tendido de espaldas cuan largo era, los brazos detrás de la cabeza. N9 llevaba abrigo, sólo unos pantalones blancos, botas altas del mismo color, y una camisa de linón blanco con chorrera, suelta y abierta en el cuello. Observó con más atención el rostro calmo, despojado de expresión en el sueño, y retrocedió, ahogando un grito de sorpresa. Tan asombroso resultaba el parecido, que era como si estuviese mirándose a sí misma en el espejo. Llevaba muy corto sobre la frente lisa el rizado cabello negro. Las características cejas negras se elevaban en un arco orgulloso, y bajaban con suavidad hacia las sienes. La boca era plena, como la de ella, y los pómulos altos destacaban la recta nariz romana. La barbilla era firme, y denotaba tozudez. Estaba segura de que dilataba las fosas nasales cuando se enfadaba. Ella tenía hoyuelos, y se preguntó si a él también se le formarían cuando sonreía. No, parecía un hombre demasiado severo para tener algo tan voluble. Naturalmente, a ella tampoco le sentaban bien los hoyuelos. Nunca había albergado la idea de que ella fuese hermosa, pero al mirarlo lo creyó el hombre más hermoso que hubiese visto jamás.
