
Parecía que no podía apartar la vista del cuadro. Cuán ingleses eran los aguilones y las chimeneas que sobrepasaban los muros, y se cernían sobre los techos de pizarra. Cuarenta aguilones: ella los había contado. E inmediatamente detrás de la casa estaba la vieja abadía en ruinas, exhibiendo su elocuente dignidad desde hacía casi cuatrocientos años. El tiempo se había abierto paso, inexorable, penetrando en la argamasa, volteando innumerables trozos de piedra, que se amontonaban en pilas informes. Y aún así, todavía quedaban altos muros de piedra que se alzaban hacia el cielo que, también, algún día se derrumbarían y caerían. Y todo porque un rey había querido divorciarse de la reina y casarse con su querida. Sin embargo, ella amaba las ruinas. Cada piedra estaba cargada de un pasado oscuro y misterioso al que, al principio, le había dado miedo acercarse. Una de esas piedras sería trasladada al cementerio de Strafford, para señalar la tierra en que ella yacería.
La mente de Magdalaine, nublada por el opio, la impulsó a apartar la mirada, a trasladarla hacia la pared que quedaba enfrente de la cama, buscando el extraño panel de roble tallado al que llamaban La Danza de la Muerte. Un esqueleto grotesco, con una espada roma que la mano huesuda blandía en alto, dominaba un grupo de fantasmagóricas figuras demoníacas, y el hueco abismal de su boca parecía emitir un canto sin palabras.
Tengo mucho frío. ¿Por qué no encienden el fuego? Ah, si pudiese meterme bajo las mantas… Pronto estaré mucho más fría; pero no lo sabré, porque estaré muerta.
La mirada de Magdalaine recorrió una vez más la habitación, ya más lentamente, pues una lasitud incontrolable la arrastraba cada vez más hondo. Pronto, no podría volver a emerger. Una lánguida sonrisa se abrió paso hacia su rostro, plegando las tersas mejillas. Era una sonrisa clara, casi triunfal.
