
He obtenido una victoria final sobre ti, mi señor esposo. Con mi muerte, te derrotaré.
La sonrisa se le congeló en los labios, trazando una línea crispada. Un llanto infantil rompió el silencio.
Se abrió de golpe la puerta del dormitorio.
– Espéreme fuera. Quiero hablar con mi esposa.
El médico se enderezó con lentitud. Aunque era un hombre alto y se irguió en toda su estatura, el conde de Strafford pareció dominar la habitación. Habló en tono brusco, la respiración dura y agitada. El médico no retiró los largos dedos que sujetaban la muñeca de la condesa. Dijo en tono neutro:
– Lo siento, milord, pero eso no será posible.
– Maldición, Branyon, haga lo que le he dicho. Quiero quedarme a solas con mi esposa. Tengo que hacerle unas preguntas, y ya es hora de que las conteste. Déjenos solos, hombre. Tengo derecho.
Mientras el conde se acercaba a zancadas a la cama, el médico observó que sus facciones regulares estaban distorsionadas por el miedo y la furia. Las dos cosas al mismo tiempo… por inexplicable que pareciera.
Con delicadeza, el médico apoyó la mano de la condesa al costado del cuerpo, bajo las mantas. Ese sencillo movimiento le dio tiempo de controlar la irritación hacia el hombre al que odiaba desde que vio cómo trataba a su gentil esposa. Dijo en voz queda:
– Lo siento, milord, pero su señoría está más allá de las palabras. Se ha ido, milord, hace pocos minutos. Al final, no sufrió. Su muerte fue sin dolor.
– ¡No! ¡No, maldito sea!
El conde se precipitó hacia el costado de la cama, apartando con brusquedad al médico.
El médico se apresuró a apartarse. Guardó silencio, mientras el conde contemplaba en silencio el rostro pálido de su esposa, le tomaba la mano y la sacudía. El doctor Branyon apoyó una mano firme en el brazo del conde.
