
Cuando se halló junto a su padre, el Señor de Lines era sólo un pálido reflejo de aquél que Orso conservaba en su memoria. «¿Acaso siempre había sido así?», se preguntó desconcertado. Alejó estos pensamientos de su mente y se inclinó hacia el lecho donde intentaba incorporarse un anciano tan frágil y quebradizo que nadie ahora podría imaginarle sosteniendo un látigo en la mano. Habían pasado muchos años. Tantos que Orso comenzó a dudar de sus recuerdos.
Ayudado por su sirviente Mut, tan envejecido como él y tan obediente como siempre lo había sido, el Señor de Lines se incorporó y contempló a su hijo como jamás lo hiciera antes:
– Orso -dijo-, tú serás ahora el Señor de Lines. Y, apoyando sus manos temblorosas sobre los hombros del muchacho, le besó en ambas mejillas por pri~ mera y última vez.
Antes del amanecer murió.
A partir de aquel día, tras el entierro de su padre, Orso se convirtió en el joven Señor de Lines. Poco a poco su carácter y su comportamiento fueron transformándose. Se volvió hosco y huraño, silencioso e introvertido; en sus ojos, el brillo que siempre resplandecía al contemplar las montañas o los bosques ahora no era más que una tenue luz a punto de extinguirse, una luz sin apenas vida que recordaba a la que recubre algunas piedras bajo el agua, escondidas y mudas. Y llegó el día en que el parecido con su padre era tal que familiares, campesinos y siervos llegaron a confundirle con él.
