Antes de montar nuevamente a su querido Gero, recogió del suelo su loriga y la estuvo mirando largo rato, hasta que el sol reflejado en ella le deslumbró, y Orso se vio obligado a apartar sus ojos. Estaba hecha de láminas de oro sobrepuestas unas a otras, como el lomo de algunos peces. Parecía tan frágil como una tela fina, de las usadas por las damas, y, sin embargo, de ella emanaba una fuerza, una protectora y a la vez peligrosa fortaleza que hizo que todo su cuerpo se estremeciera.


Con el ánimo aún turbado, Orso guardó la loriga entre sus enseres y reanudó su camino hacia la casa de su padre.

Capitulo II

Cuando Orso divisó, aún lejanas, las montañas que anunciaban su tierra, un antiguo olor, como un perfume cálido y envolvente, llegó hasta él invadiendo cuanto le rodeaba. A golpes de memoria supo que regresaba a sus raíces, y espoleó su montura intentando acortar cuanto le fuera posible la distancia que aún le separaba de aquellas tierras.


Una alegría, casi dolorosa, crecía en su interior. Los recuerdos de su infancia, sus sueños de niño, las conversaciones de las mujeres junto al fuego se mezclaban ahora, atropelladamente, con las duras imágenes de su aprendizaje en el castillo del Conde para convertirlo en un joven destinado a la violencia. Los latigazos con que su padre le advertía de la dureza del mundo se confundían en su memoria con los aullidos de aquel pequeño perro, sin raza ni destino precisos -puesto que ni era cazador, ni pastor, ni era faldero; sólo pequeño y amigo que le acompañaron hasta el último recodo del camino la mañana en que partió hacia el castillo del Conde, y que se perdieron -ahora lo sabía- como el sol y las montañas, mundo abajo. Pero todo regresaba ahora, confuso y nítido a la vez, doloroso y sobrecogedor. El pequeño mundo que Orso conocía se mezclaba en su memoria.


En la linde de sus tierras le esperaban sus gentes.



10 из 103