Una noche Orso despertó envuelto en sudor e inquietud. Era la inquietud que causa sentirse observado por alguien. Pero estaba solo, únicamente el pequeño lebrel, Rai, que dormía plácidamente a sus pies, y Ari, su sirviente, le acompañaban. Ambos dormían. Sin embargo, Orso notaba que alguien le estaba mirando o, al menos, recordando, que son cosas parecidas.


Un lejano rumor de agua llegó hasta él. La voz del agua volvía, y Orso permaneció inmóvil unos segundos mientras aquel sonido se hacía cada vez más preciso. Después de tantos años de miedo y silencio, regresaban las voces, las mismas que marcaron su infancia y que -ahora lo sabía-, como lento y espaciado goteo, eran parte de su vida: «Despierta, Orso, y recibe al hijo que te prometí y al que debes amar».


Orso se cubrió apresuradamente con el manto y, aún descalzo y sin despertar a nadie, descendió hasta el último escalón de la torre.


Entonces vio a un hombre viejo. Tenía el aspecto de un campesino y llevaba de la mano a un niño. El anciano le dijo:


– Señor de Lines, éste es tu hijo: Aranmanoth, Mes de las Espigas.


Y, apenas lo hubo dicho, el viejo desapareció, como si nunca hubiera estado allí. Sin embargo, el niño permanecía quieto, mirando a Orso tan intensamente que éste no pudo sino apartar sus ojos de él.


El niño tendría unos diez u once años. Era alto, delgado y tan rubio que parecía contener toda la luz de agosto.


Entonces Orso se inclinó hacia él y le dijo:


– ¿Qué es lo que ese hombre ha dicho? ¿Quién eres y por qué estás aquí? -Porque Orso había olvidado, como bien anunció el hada, lo que años atrás había sucedido en el Manantial.


El niño sonrió, y jamás Orso recordó, en todos los años de su vida, una sonrisa parecida: ni alegre ni triste, algo parecido a un despertar. Y, por primera vez, oyó su voz:



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