– Yo soy tu hijo Aranmanoth, Mes de las Espigas.


– ¿Mi hijo? -casi gritó Orso-. Yo no tengo hijos.


– Soy Aranmanoth, Mes de las Espigas. Tu hijo.


Entonces, el antiguo rumor regresó y Orso recuperó en su memoria la voz del Manantial, las palabras del hada y su presencia incorpórea en el bosque. Se arrodilló ante el niño, le abrazó, y le dijo:


– Hijo mío -entre asombrado y temeroso-, hijo mío.


Y, como todos los padres del mundo, no supo decir nada más.


Aranmanoth sacó un pergamino de entre los pliegues de su túnica y se lo entregó a Orso.


– No sé leer -dijo Orso, por primera vez pesaroso por semejante carencia.


– Yo lo leeré para ti -dijo el niño.


Pero no fue necesaria aquella lectura porque la voz regresó, y Orso pudo conocer cuanto deseaba decirle: «En el calendario del viejo rey soy el Mes de las Espigas, y es el Mes de las Espigas Aranmanoth, que fue concebido por Orso y el hada más joven del Manantial. Soy el llamado Aranmanoth, de doble naturaleza, a medias mágica, a medias humana. Yo soy la juventud y la vida y tú eres mi padre».


– ¡Fui víctima de un encantamiento o brujería! -gritó Orso. Estaba asustado. Era valiente, e incluso cruel con quienes le parecía oportuno, pero ahora no sabía a quién debía enfrentarse, puesto que ni siquiera se trataba de un enemigo conocido o presentido. Y esto le confundía de tal modo que ninguna de las enseñanzas ni entrenamientos recibidos le valía ahora para defenderse o atacar.


Entonces dijo el niño:


– Yo soy tu hijo, Aranmanoth.


– ¿Aceptas que fui víctima de un encantamiento? -gritó Orso. Y temblaba al decirlo, como no había temblado nunca ante la espada o la lanza.


– Sí -repitió el niño como un eco-. De un encantamiento.


Un silencio tan grande que ni la hierba osaba crecer, ni las nubes navegar, ni el viento empujar hoja alguna, llegó hasta ellos.



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