Y, al fin, le confió:


– Tengo envidia del Sur. Lo temo y lo odio.


Días más tarde, el Conde llamó de nuevo a Orso. Se encontraban en lo alto de una colina y desde allí Orso pudo contemplar la espesura de un bosque de hayas que, por un momento, trajo a su memoria la imagen de un río que a punto estaba ya de secarse en su corazón. Cuando le tuvo delante, el Conde sonrió con benevolencia, algo inusual en él, y dijo:


– Orso, he concertado definitivamente tu matrimonio. Como ya te anuncié, se trata de una muchacha bella, honesta -no tiene más remedio que serlo, puesto que aún no alcanza la edad de nueve años-, y dentro de unos cuantos, los precisos para que pueda dar hijos, será tu esposa verdadera.


Y al decir «verdadera» recalcó la palabra, como el que da el último martillazo a un clavo. Orso se estremeció y miró a su señor con ojos que, más que ojos, eran una súplica.


– Tranquilízate, Orso; aún es una niña. Y sólo transcurrido un tiempo podrá ser efectivamente tu esposa. Mientras tanto puedes triscar cuanto quieras en prados, bosques o montañas. No me importa, pero sí quiero que, llegado el momento propicio, cumplas cuanto te ordeno y no me defraudes. Mi generosidad no será, entonces, una palabra al viento.


Orso inclinó nuevamente la cabeza y su silencio fue más elocuente que cualquier palabra que hubiera pronunciado. Además, no se le ocurrió ninguna que pudiera expresar su desazón.


– Así lo haré -dijo Orso, más para sí mismo que para los oídos del Conde. Y su voz se alejó con el viento, que aquel día soplaba con una misteriosa fuerza, hasta adentrarse en lugares que ni el mismo Orso alcanzaba a imaginar.


Algún tiempo después, en tierras de Orso, se anunció la llegada de la joven prometida.


Y llegó el día en que entró en aquella tierra y en la mansión de Lines, con tanto boato y festejo que parecía más la llegada de una princesa.



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