
Orso callaba. De todos modos, si es que algo se le hubiese ocurrido -que no se le ocurrió- tampoco lo habría dicho. ¿Para qué? Su destino estaba trazado desde el principio, desde mucho tiempo atrás, mucho más incluso de lo que el mismo Orso llegaba a imaginar.
El Conde, tras una pequeña cabalgada, dijo:
– Tengo grandes intereses en el Sur. ¿Conoces el Sur? ¡Pues bien! A las orillas del Gran Río, el Sur es la tierra más bella que vieron mis ojos. ¿Conoces los viñedos, el olor de la tierra mojada, el verdor cambiante del Gran Río?
– No -respondió escuetamente Orso.
– Pues bien, es una tierra tan hermosa como jamás tú o yo podríamos soñar.
– ¿Por qué? -se aventuró a preguntar Orso sin demasiado entusiasmo.
– Porque allí reside una fuente: la alegría, la sonrisa del mundo y, también, ¡no te quepa la menor duda!, la locura, el despropósito; eso que jamás debemos imitar… Pero ven, acerca tu oreja a mis labios y te confiaré un secreto que, espero, no divulgues jamás.
Orso reflexionó durante un instante -mucho más no era posible en él- y, al fin, acercó su montura a la del Conde porque era la única manera de acercarse a su oreja. Y dijo:
– Claro está que no lo voy a divulgar. Entre otras razones porque no conozco personas interesadas en ello… Señor, podéis confiar en mi discreción.
– Eres lo más preciado del mundo, Orso -dijo el Conde, no se sabía si con pena o con alivio-. Ojalá que cuantos me rodean fueran como tú.
