Un intenso dolor que no podía localizar en su corazón, puesto que lo mismo podía obedecer a un gran amor como a un odio salvaje, le invadía. La luz se hizo aún más intensa, como fuego blanco y, al mismo tiempo, transparente. Y oyó nuevamente su propia voz que, en un tiempo que aún no sucedía, repetía una y otra vez: «Hijo mío, hijo mío, yo soy tu verdugo y tú mi salvación». Pero ya la voz del niño se había apagado. únicamente quedaba un lejano rumor, como el llanto de algún desconocido manantial.


La luz desapareció, pero no el fuego abrasador del mes de las espigas. Lentamente, Orso descabalgó, se despojó de su recién estrenada cota de malla, su casco, su espada -incluso de su espada-, arrojó el escudo, olvidó la lanza, descalzó sus ardorosos pies y, al fin, lanzó lejos la camisa blanca de lino. Y corrió, corrió como un gamo -y verdaderamente lo parecía, por su belleza y su agilidad, por la exacta precisión de sus saltos en el aire, que parecía que volase-, hasta adentrarse en la espesura del bosque.


Y por fin sintió que se reencontraba con aquel bosque oscuro y apretado que aún vivía en su corazón sin que él lo supiera, un bosque poblado de misteriosas criaturas que alguna vez, años atrás, fueron nombradas en voz baja por las sabias mujeres. El bosque le devolvía la frescura de la infancia que regresaba ahora a su memoria. Y a la vez le trasladaba a una lejana paz que parecía restituirle a los confines de alguna muerte o algún renacimiento desconocidos.


Orso era un muchacho corriente, ni bueno ni malo, ni excelente ni lamentable, ni demasiado diestro en las armas, ni torpe en su manejo. Orso era un muchacho como la mayoría de los muchachos: hermoso -por sano-, inteligente -por no necio-, y curioso -por joven-. Pero Orso oía voces, y este don heredado -no sabía cómo ni de quién- le hacía revivir ahora sus primeros años, cuando compartía vida, curiosidad y lágrimas con su madre y con las mujeres que, con ella, hilaban en las ruecas. Las mismas que hablaban del tiempo que se fue, que era y que será con tanta familiaridad que parecía que éste fuera un hijo, o un padre, o alguien que está siempre a nuestro lado: inseparable y ligeramente molesto.



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