Desnudo y sin protección -situación que hizo pensar a alguna criatura escondida entre la hierba que los humanos no eran tan despreciables- se echó en el suelo entre los helechos. Aquél era un inmenso y altísimo bosque de hayas que apenas permitía al sol atravesar sus ramas. Orso arrancó un manojo de helechos y con él secó el sudor que le cubría. Una suave brisa le rozó a la vez que zarandeaba las ramas de los árboles. El muchacho cerró los ojos. Y fue entonces cuando oyó, por primera vez, la voz del agua.


Levantó la cabeza, sudoroso aún y embriagado de aquel cristalino rumor. Nuevamente el perfume antiguo, femenino, el que rodeaba y esparcía la rueca de las mujeres, regresó con toda su intensidad, como en busca del primer o último día de su vida. Fue un momento eterno, parecido al fuego, tan antiguo y misterioso como él, pero más allá del fuego humano, más allá de las palabras y de lo que con ellas se expresa, más allá de la vida y de la muerte. Los cabellos de Orso resplandecían y, en sus ojos, la luz era la luz de la primera mirada. Entonces Orso se transformó en una hoguera. No en una hoguera dañina y destructora, depredadora de bosques o arma de guerra: acaso podría compararse con aquello que el otoño hace con el sol entre las hojas.


Conducido por la voz del agua, Orso avanzó, árboles adentro, hacia aquel murmullo. Y al fin, todo rumor dejó paso al único sonido que brotaba de una pequeña cascada. Orso se precipitó hacia ella: todo su ser se había convertido en una gran sed. Se metió en el agua y se adentró en la cascada. El agua, fría y casi blanca, sobre su cuerpo, era únicamente placer.



5 из 103