Entonces el hada se inclinó aún más y, hundiendo las manos en el Manantial, extrajo de él algo brillante y dorado.


– Toma esta loriga mágica. Cuando la lleves sobre tu cuerpo nadie podrá hacerte daño…, excepto tú mismo.


– ¿Yo mismo? -preguntó asombrado Orso-. No conozco a nadie tan necio o tan loco que haga una cosa semejante. Y os aseguro que no soy necio ni estoy loco.


No había terminado de pronunciar estas palabras cuando el hada del Manantial desapareció.


En un primer momento, Orso creyó que su encuentro con el hada no había sido más que un sueño. Pero cuando se incorporó, casi le cegó el brillo de las escamas de oro que componían la loriga. Reflejaban los rayos del sol entre las ramas con una luz más grande que ninguna. Allí estaba la loriga, la prueba de cuanto le había ocurrido.


Un irreprimible deseo de aquella criatura le lanzó hacia la cascada, la buscó entre la espuma y luego en el Manantial. Le pareció descubrir en el fondo del agua, entre las pulidas piedras rojas, azules y plateadas un resplandor de lo que creía eran sus huellas. Pero no lo eran.


Ella no estaba; ella era ya, tan sólo, una desaparición. Y esta desaparición era lo único que quedaba del inmenso placer y del ensueño que por primera vez había sentido y compartido.


«Nadie podrá hacerte daño…, excepto tú mismo», repitió para sí el joven Orso. «Excepto tú mismo», volvió a decir. Un vago temor se fue abriendo paso en su mente. Las últimas palabras pronunciadas por el hada se asemejaban demasiado a una profecía.


Lentamente fue recogiendo su ropa, su blanca camisa de recién nombrado caballero, su cota aún sin rastros de sangre; se vistió y calzó de nuevo, protegió su cabeza bajo el casco y ajustó la espada a su cinto.



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