Quizás sólo sea posible escribir sobre ciertas cosas cuando ya apenas pueden herirnos y hemos dejado de soñar con ellas, cuando estamos tan lejos, en el espacio y en el tiempo, que casi daría igual que no hubieran sucedido.

II.

En la infancia de uno la mili formaba parte de las mitologías inciertas de la vida adulta. La mili era una palabra rara que algunas veces oíamos repetir con reverencia y misterio, una región de leyenda en el pasado de nuestros mayores, un tiempo ajeno y anterior al que nosotros conocíamos en el que habían vivido lejos y vestido uniformes, en el que habían manejado no las herramientas cotidianas de trabajo sino armas de fuego, como los héroes de las películas o de los relatos de la guerra.

La mili, según se la oíamos contar a los adultos, era una especie atenuada de guerra en la que no moría nadie, una geografía de lugares remotos que se llamaban Fernando Poo, Sidi Ifni, Tenerife, Infantería motorizada, un mundo tan novelesco y ajeno como el del cine, pero con una densa emoción de realidad: pistolas, bayonetas, machetes, fusiles, ametralladoras, cañones, todas las palabras que habíamos aprendido en las películas de guerra o en los tebeos entonces célebres de Hazañas Bélicas las repetía en casa algunos de nuestros parientes, incluso nuestro mismo padre, y aquello daba a sus narraciones un aliciente de aventura verdadera, y a ellos, a sus voces, a sus caras de siempre, una cualidad de excepción y heroísmo.

La mili era que uno de mis tíos desapareciera durante largo tiempo de la casa, y que yo sólo me diera cuenta de su ausencia cuando al cabo de los meses llegaba una foto suya en blanco y negro y una carta escrita sobre cuartillas rayadas.



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